Hay días en que, sin buscarlo, el destino te da una alegría, un momento que sabes a ciencia cierta que se va a quedar grabado en tu mente y que con el paso del tiempo, recordarás hasta el más ínfimo detalle, cada sensación, cada TODO.
Nada hacía presagiar que la cosa iba a ser de ese modo y en parte, eso es lo que hace mágico el momento y la situación.
Era domingo, hacía calor, bastante calor comparado con las últimas semanas, frías y lluviosas por lo que tanto hombres y mujeres aprovechan para sacar del armario y desempolvar esa ropa que llevaba guardada tanto tiempo en espera de su momento.
Sandalias, bermudas finas de algodón y camiseta de manga corta era mi atuendo aquel día caluroso en que decidí ir a una terraza a desayunar y leer la prensa del domingo tranquilamente. Eran las 10 de la mañana, relativamente temprano para ser domingo, por lo que poca gente había en el bar o paseando por las calles así que sabía que iba a poder disfrutar de mi momento de tranquilidad matinal, tal y como había previsto.
Escogí una mesa bien situada, a la sombra y en un lugar que me permitía observar a la gente que pasaba, o mejor dicho, pasaría más tarde. Una pareja con niños y otra de viejecitos eran los únicos clientes de la terraza, por lo que la camarera vino rápidamente a pedir nota. Ella es sexy, preciosos ojos negros, labios carnosos, y bonita figura. Lo sabe y supongo que puede leer en mis ojos y en mi manera de actuar que la encuentro realmente sensual y atractiva, pero no le digo nada, no soy del tipo de persona que va lanzando los tejos a las mujeres, mi carácter me lo impide, por contra, me encanta observar, jugar a las miradas furtivas y cómplices.
La noche había sido bastante agradable, aunque quizá no sea el adjetivo que mejor defina al sueño erótico que había tenido con una antigua amiga. Había sido increíblemente real y el hecho de despertarme no había cambiado las cosas, aún tenía cada una de las sensaciones que había soñado, cada caricia, cada beso y penetración que había realizado durante no sé cuanto tiempo antes de despertarme.
Desde mi silla estrategicamente colocada, tenía una perfecta visión tanto de la barra del bar como de la gente que pasaba por la calle. Una pareja de unos treinta años, ella sin ser guapa, tenía su puntillo sexy y lo sabía explotar, se notaba. Llevaba pantalones blancos, bastante finos que marcaban su culo, ni grande ni pequeño, pero sí bien proporcionado y que marcaba un tanga negro. Caminaban a poco a poco, por lo que pude deleitarme observándola acercarse y pasar por mi lado. Al principio pensé que se iban a sentar a desayunar también, pero pasaron de largo hacia otro bar cercano.
- Tu café con hielo, como siempre
- Gracias Marta, dije sin dejar de mirarla a los ojos. Poca clientela veo
- Sí, la gente debe de estar aún con la resaca del sábado, dijo mientras me obsequiaba con una sonrisa.
- Supongo que debe ser eso, o igual deben de estar en misa, dije irónicamente.
- Sí, eso va a ser, dijo mientras se marchaba sonriendo.
Cogí el diario y me dispuse a leerlo cuando vi otra pareja acercarse al bar. Esta vez estaba claro que su destino no era otro que la terraza donde me encontraba por lo que me quedé observándolos con más detenimiento, bueno, más bien observándola. Era guapa, rubia con la melena suelta y con unos ojos entre azul y verde que más tarde descubrí tras las gafas de sol que llevaba puestas. Llevaba puesto un vestido de color caqui de tirantes y acabado en una falda con una especie de volante que le llegaba por encima de las rodillas que marcaba un tipo increíblemente sensual.
No pude quitar la vista de su silueta pasar cerca de mi mesa y ella se dio cuenta, aunque pareció no importarle, más bien todo lo contrario, creí ver que una media sonrisa se escapaba de sus labios mientras hablaba con su acompañante.
Miró a su pareja y le dijo que prefería sentarse fuera, para que le diera el aire, que lo necesitaba después de tanto tiempo sin poder salir por culpa del frío y de la lluvia. Él no dijo nada, simplemente asintió y la siguió hasta la mesa que ella escogió, para mi sorpresa la que estaba justo al lado de la mía. Las alegrías no acabaron ahí, ella a la hora de sentarse, dio la vuelta disimulamente a la mesa y se sentó de cara a mí, como quien no quiere la cosa. En ese momento no le di mayor importancia, simplemente pensé que había tenido suerte y que el azar había querido que esa fuera la disposición escogida.
Mi corazón empezaba a estar cada vez más acelerado, tal y como estaba sentado podía apreciar sin ningún obstáculo su cara, sus ojos, labios, pechos pequeños pero firmes tras el vestido y sus piernas cruzadas elegantemente bajo la mesa. Como yo llevaba puestas las gafas de sol, podía hacer como que leía el diario mientras la observaba descaradamente sin miedo a ser sorprendido, o eso creía yo. Ella, mientras, seguía charlando con su acompañante pero, de vez en cuando, levantaba la vista y me observaba durante una décima de segundo apenas imperceptible para alguien que no estuviera atento, pero yo lo estaba, y mucho.
De vez en cuando, pasaba una página del diario que ni estaba mirando para disimular pero, tal y como pude apreciar por su mirada, ella sabía que mi tema de atención no eran las noticias escritas, sino ella y que me tenía totalmente hipnotizado.
No sé si del calor que empezaba a hacer, o de que aún no había olvidado del todo el sueño que había tenido la noche anterior, mi excitación al observarla fue creciendo, más y más. De vez en cuando se movía ligeramente de la silla y podía observar como se ajustaba la falda por encima del muslo, otras, simplemente cruzaba las piernas en el otro sentido y durante unos segundos, casi podía intuir sus braguitas, aunque supongo que era más imaginación mía que realidad. El hecho es que ya estaba en un punto en que, todo mi alrededor había desaparecido y únicamente había en él la chica del vestido caqui y su pareja sentada de espaldas a mí.
Estaba excitado, terriblemente excitado y, de haber estado cerca, se hubiera podido apreciar la enorme erección que destacaba por debajo de mis finas bermudas, por lo que no me quedó más remedio que cruzar las piernas para disimular lo mejor posible, no sin antes colocar en una posición correcta mi miembro. Dado que no había nadie en la terraza, salvo las tres parejas que no me observaban, no me preocupé excesivamente en colocarla disimuladamente. Una vez realizado, levanté la vista y vi como una sonrisa pícara se escapaba de los labios de ella, indicándome claramente que se había dado cuenta, por lo que no pude evitar un rubor y un nerviosismo en el cuerpo cercanos al "tierra, trágame".
Ella seguía hablando despreocupadamente con su pareja, aunque ahora cada vez cambiaba más a menudo de posición y más poco a poco. Desdoblaba la pierna apoyada encima de la otra y la colocaba en el suelo despreocupadamente de forma que durante unos segundo, esta vez sí, podía ver perfectamente sus braguitas verdes, casi del mismo color que su vestido antes de que volviera a cruzar las piernas. De vez en cuando apoyaba la mano en el muslo y subía unos pocos centímetros su, ya de por sí, corta falda, lo que me permitía ver con más detalle sus piernas y su entrepierna cuando cambiaba de posición.
Quería levantarme de allí, necesitaba ir al lavabo y masturbarme salvajemente pensando en ella pero ni podía ni mi cuerpo quería. Sabía que rara vez volvería a producirse una situación así y decidí disfrutarla tanto como parecía gustarle a ella. Llegados a este punto, tanto ella como yo habíamos decidido dejar de cruzar las piernas y mostrar descaradamente nuestra excitación, ella sus braguitas, supongo que húmedas y yo mi enorme erección. Notaba como mi polla estaba brutalmente aprisionada por los calzoncillos y estaba muy lubricada.
En un momento dado, ella se acercó aún más a la mesa de manera que quedaran sus piernas totalmente ocultas bajo la mesa y una vez hecho esto, se subió disimuladamente la falda de forma que ya se podían observar claramente su tanga, sí era claramente un tanga lo que llevaba, cosa que hizo que me excitara aún más. Lo que más me excitaba de toda la situación, era su manera de actuar, cualquiera que la estuviera observando a la cara, habría pensado que no había nada extraño en su manera de actuar y que nada era premeditado, pero yo sabía perfectamente que no era así y me gustaba.
En un momento dado, para mi asombro, vi como volvía a cruzar las piernas, estiraba la falda sobre las piernas y seguía hablando. En ese momento pensé que el espectáculo, para mi desgracia se había acabado, así que decidí tomarme un respiro, tomar el café y leer algo. Ella seguía hablando despreocupadamente y, en un momento dado, se puso en pie, dijo algo a su acompañante y se fue hacia el bar, concretamente hacia los lavabos. He de reconocer que la rapidez de sus movimientos me pillaron por sorpresa y si no llega a ser porque no me podía mover de mi sitio, quizá la hubiera seguido hasta los lavabos, sólo por el simple hecho de cruzarme con ella y, quien sabe, rozarla disimuladamente al pasar.
No pasaron ni tres minutos cuando vi que volvía de nuevo a la mesa, sonriente y con un "algo" en la mirada que en ese momento no supe identificar. Dejó el bolso en la silla de al lado y se volvió a sentar. Esta vez lo hizo disimuladamente, sin mostrar nada, por lo que me imaginé que el show había acabado, había sido increíble pero todo tiene un fin. Ella seguía hablando despreocupadamente con él, con las piernas perfectamente cruzadas y la falda convenientemente estirada, ocultando gran parte de sus magníficas piernas.
Por contra, ahora notaba que sus miradas eran cada vez más frecuentes y duraderas, a la par que menos disimuladas, dado que él iba leyendo la prensa deportiva mientras hablaba y no se percataba de nada.
La notaba ligeramente inquieta, como si su mente estuviera debatiéndose en un mar de dudas, yo suponía que era debido a que se estaba replanteando seguir con el juego de antes o definitivamente dejarlo.
En un momento dado, tomo una decisión y poco a poco, muy lentamente, empezó a descruzar nuevamente las piernas a la par que se subía ligeramente la falda para volver a mostrarme su tanga verde. Notaba su nerviosismo, aunque no acababa de entender el por qué, pero salí de dudas rápidamente. Ahora entendía por qué había ido al lavabo con el bolso, no porque tuviera que maquillarse, sino para poder guardar disimuladamente ¡¡el tanga!!.
Ante mí, podía ver perfectamente su precioso coñito con los labios perfectamente depilados. Eran rosados y podía intuir que estaban increíblemente lubricados. Por otra parte su mirada lasciva lo decía todo, "mírame, quiero ver el deseo en tus ojos, quiero estar segura de que cuando estés a solas con tu novia o tu mujer te masturbarás o te la follarás pensando en mí, quiero que sepas que tu mente me pertenece".
No sé si fueron segundos, minutos u horas las que estuve allí mientras ella iba abriendo las piernas ya sin ningún tipo de disimulo, subiéndose la falda cada vez más e incluso, durante una breve décima de segundo, mientras simulaba que se ajustaba la falda aprovechó para, sin dejar de mirarme, meterse un dedo dentro de su húmedo coño que luego se llevó a la boca. Creí que iba a estallar de placer en ese momento, jamás, ni en mis más húmedos sueños había vivido, ni creo que volvería a vivir, una situación como aquella y a la vista de su cara, creo que ella tampoco.
Poco después su acompañante la miró, dejó el diario sobre la mesa y se le dijo si se iban, por lo que después de asentir, se levantaron, pagaron y se fueron, no sin antes deleitarme con una última visión de su entrepierna, esta vez bien abierta, quizá para que no lo olvidara nunca.
He vuelto después a esa terraza esperando volver a encontrarme con la pareja, o con ella sola, pero por ahora no ha habido suerte. De todas maneras, el tiempo lo dirá.
Tren a la Deriva